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El Zócalo

LXV

 

 Que no enturbie tus veredas
el barro de mis pisadas,
Echaurren, derrocadero,
Echaurren, calle escarlata.

 Entre las uñas del sol,
a lo verde nunca alcanza,
crepitante, lacerado,
tu arcedal, como mi alma,
Echaurren, calle difunta,
Echaurren, calle sonámbula.

 Con los iris en las manos
en vano te ofrendo gajos
lacres de hidromiel de esperma
y ácidos azucarados.

 Desde la entraña del hijo:
«Padre, ¿por qué andas descalzo?»
Desde la ausencia del padre:
«Hijo, es tarde, apura el paso.»
Y te clama mi tortura
y me persigues clamando.

 Echaurren, donde nací,
no te conocen las ramas:
a lo verde nunca alcanza
el barro de mis pisadas,
a lo verde nunca alcanza
el barro de mis pisadas.