Con Cortejo
y Epinicio, Editorial LOM da inicio a la publicación
de una serie de obras del poeta chileno radicado en Estados Unidos,
David Rosenmann-Taub. La empresa no es menor y puede ser un hito
tan importante como difícil de dimensionar para la tradición
poética chilena. Cortejo
y Epinicio (1949) es el primer poemario de Rosenmann-Taub,
libro que, como todos los de este autor, es ignorado por la mayoría,
pero de existencia vagamente conocida. Desde luego, para los poetas
de generación, sus compañeros de jornada (Alberto Rubio,
Luis Merino Reyes, Antonio de Undurraga, Augusto Iglesias), tuvo
un impacto del cual quedan testimonios. Asimismo, la crítica
de entonces recogió estos versos con una mezcla de perplejidad
y entusiasmo. La reedición de LOM, por lo tanto, nos abre
y enfrenta a una poesía cuyo conocimiento no podía
demorar más y cuya asimilación, como el propio poeta
lo ha señalado, parece situarse en generaciones futuras, pero
que reclama una lenta preparación.
Faltaría
a la verdad un crítico que pretendiera que estos poemas
se ofrecen dócilmente al lector aun más preparado
y atento y sensible. Es una poesía de arduo desentrañamiento,
porque, quizás, lo primero que haya que afirmarse de ella
es lo profundamente concebida que se encuentra en y desde las
entrañas de Rosenmann-Taub. Es una poesía en que ese entrañamiento
parece ser tal que pudo quedar recluida allí en los penetrales,
en las habitaciones más interiores de su alma.
Si
Octavio Paz señaló respecto a los poetas americanos que,
indios o mestizos, tuvieron que poblar con palabras extrañas,
el idioma europeo, la tierra americana, dicha afirmación
queda estrecha tratándose del autor de Cortejo y Epinicio:
el poeta aquí parece verse forzado a elaborar, a partir
del castellano, un lenguaje propio para la creación de
su mundo poético, casi como esos grandes físicos
que se vieron en la necesidad de elaborar nuevas formas de cálculo
matemático para dar cuenta de sus descubrimientos. El lector,
pues, no puede sino experimentar una sensación de extranjería
al vérselas con poemas que incluso hoy conservan un carácter
sobremanera bizarro (en el sentido en que los franceses otorgan
a esa palabra).
Quizás
por la resistencia que opone su poetizar a encasillárselo
en la línea de alguna tradición, por esta su extrema
singularidad, a la hora de buscar paralelos (inútiles,
por cierto) viene a la memoria la poesía de un Lucio Piccolo
o de Gottfried Benn. Su lenguaje es suntuoso, abundante en vocablos
de un cultismo exquisito (desde el "epinicio" del título,
pasando por "cinéreos", "azacel" "barzales",
"embalumo", "gilvos", "escarzo",
"corimbos", "esguilaremos", "rijoso",
"zupia", "bardal", "estuoso", "atufo",
entre tantos), en combinaciones extrañas ("los grimorios
ganzúan la absoluta palabra", "ñarcas axilas
que titila el párpado) e incluso en palabras de su invención
("cosmolágrima", "palomasálomaspalomas").
La
musicalidad de su poesía es rigurosa. Sus poemas pueden leerse como
una sonata de Beethoven o de Schubert. Sabemos que la interpretación
musical deja un espectro de libertad al intérprete, pero
está sujeta a reglas. Rosenmann-Taub también establece
las propias. Los silencios en el corte de los versos tienen una
extensión, los que separan las estrofas, otra. Al interior
del verso, la pausa de una "coma" es distinta a la de
los "dos puntos" o a la del "guión";
la regularidad de los acentos, las reiteraciones paralelas, la
métrica impecable (véanse sonetos como "Itrio"
o "Schabat") forman una estructura rítmica en
la que nada ha sido dejado al azar. La célebre estampa
dedicada a las achiras (XLV), por ejemplo, exige una lectura con
una dinámica de aceleración creciente (que casi
deja sin aliento), seguida de un breve reposo (dado por una separación)
antes de una "coda" explosiva.
Entre
las muchas figuras que se utilizan, quizás sea necesario destacar
el "oxímoron" (la unión de dos conceptos
contradictorios), pero que Rosenmann-Taub despliega en múltiples
matices y variables. La tensión no surge así de
la conjunción de conceptos meramente antitéticos,
sino de un dislocamiento oblicuo que atraviesa versos enteros.
Ello se debe, acaso, a que el tema central de estos versos es
un diálogo crispado y lacerado del poeta con Dios.
Incluso
en los momentos que permiten aflojar la atención que
reclama una realidad y un decir de una intensidad extraordinarios,
llega el tono de la desesperada invocación que Rosenmann-Taub
dirige a Dios, este Dios
distraído
que cierta vez nos hizo, un Dios
vivo (No el cadáver
de Dios lo que medito) y,
a la vez, "glacial", ante el
cual el poeta es incapaz de definirse. La complejidad de esa
relación,
en la que se traban amor y odio, mutuas recriminaciones y alabanzas,
puede encontrarse resumida en el bello y profundo poema XXIV,
que se inicia y cierra con el estribillo: Era
yo Dios y caminaba sin saberlo./ Eras oh tú, mi huerto,
Dios y yo te amaba.
La
reedición
de Cortejo y Epinicio es ya un acontecimiento poético,
más todavía si consideramos lo que sostuvo (o más
bien demostró) el poeta Armando Uribe en la presentación
del libro: tomando en cuenta las diferencias profundas que presenta
en relación con la primera edición, se trata de
un nuevo libro.
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