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LXII
SCHABAT |
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Con
los ojos sellados, vesperal,
ante los candelabros relucientes
de sábado, mi madre. La penumbra
lisonjea sus cuerdas. Desfallece
la
hora entre las velas encendidas.
Los muertos se sacuden -- fiebre --: huestes
de fiesta, sin piedad, cual candelabros,
peregrinan espejos. Desde el viernes,
avara,
la agonía. En los cristales,
atolondrado de fragor, el sol,
filacteria de adiós, cree soñar.
La
casa es un sollozo. El horizonte
cruza la casa: rostro del crepúsculo
ido entre lo jamás y lo jamás.
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PRELUDIO
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Después,
después el viento entre dos cimas,
y el hermano alacrán que se encabrita,
y las mareas rojas sobre el día.
Voraz volcán: aureola sin imperio.
El buitre morirá: laxo castigo.
Después, después el himno entre dos víboras.
Después la noche que no conocemos
y extendido en lo nunca un solo cuerpo
callado como luz. Después el viento.
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LVII |
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La
taza de café, la cafetera,
el vapor que mitiga a mi esqueleto,
la obediente sartén, el amuleto
tiznado, la mostaza, la nevera,
el
roto lavaplatos, la sopera
pimpante, los melindres del coqueto
jarrón versicolor, el parapeto
de vainilla, azafrán y primavera.
Lugar
de integridades: mi albedrío...
Oh dichosa cocina: cuando muera
y mi tiempo sin tiempo vibre y crezca,
en
ronroneo fiel todo lo mío
claro retorne a tu silvestre estera
y tu vapor sin fin lo desvanezca.
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