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Los Despojos del Sol de David Rosenmann-Taub”

por Carmen Foxley
Revista Universitaria, Universidad Católica de Chile, núm. 94 (abril 2007).

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Los despojos del sol es una obra del poeta chileno David Rosenmann-Taub (1927) que editorial Lom acaba de poner a nuestro alcance casi treinta años después de su primera publicación en Argentina, en 1977. Es una escritura exigente y profunda que apela a nuestro entendimiento asociativo además de solicitar una apertura al ritmo y a lo visual.

Pero esta escritura no sólo requiere toda nuestra atención intuitiva e imaginativa, sino reiteradas consultas al diccionario. Hay que enfatizar que escoger palabras inusuales de la lengua castellana es aquí una estrategia que desestabiliza cualquier automatismo y renueva la sensibilidad del lector.

Rosenmann-Taub recurre también a las experiencias vividas tal cual ocurren, a episodios fugaces e insignificantes, a objetos cotidianos, fantasías, sueños, conflictos o recuerdos que están ahí, a la mano. Se establece una relación con ellos para buscar un conocimiento que supere al racional. El escritor apuesta por la agudeza de la intuición, por las sorpresas que trae la imaginación y la experiencia sensorial. Y la naturaleza está muy presente aquí, puesto que en su imagen se podrían encontrar huellas de lo infinito que late en lo finito. Es la opción de una escritura que se orienta a poner de relieve nuestra existencia en tanto seres espirituales. Es la modernidad en un diálogo renovador con la tradición. Y es también el proyecto creativo puesto en evidencia en las palabras introductorias a «Diario de un guijarro», primera sección del libro. Tenemos allí la visión de ciertos despojos de la vida, de la belleza y la luz yacentes en la playa: unos pétalos esparcidos, precario refugio de un potencial de vida, a la espera de ser rescatados por la fuerza del deseo de un sujeto que imagina con pasión lo que desea, que se compromete intensamente en un gesto voluntarista y visionario, y que anuncia que «la flor» sucederá en el instante fugaz en que podamos vislumbrarla al recorrer la nada y la oscuridad.

Es interesante cómo la palabra emprende una suerte de ritual ceremonial destinado a renovar ciertos mitos que en el pasado otorgaron significado a nuestras vidas. Parte del ritual son los gestos que provienen de la energía creativa y reaccionan al sin sentido, la nada y la caducidad. Señales de vida que contrarían la impotencia de la razón y la falta de lugar para la inquietud cognoscitiva, la imaginación y la sensibilidad. De ahí que los textos de la «Ananda segunda» sean como «vagidos», como los gemidos o el llanto de un recién nacido que se niega a la nada y busca vivir.

Termino destacando la lucidez y coherencia significante del diseño textual. En efecto, la «Ananda primera» se articula armoniosamente en dos fragmentos de siete poemas en los que se inscribe la trayectoria inicial de la experiencia reflexiva y la grandeza que se oculta a nuestra percepción racional. Finalmente, en la «Ananda segunda» se fragmenta y agudiza el proceso a causa de las interpelaciones sarcásticas y pequeñas puestas en escena dialogantes, que dan un matiz dramático y anhelante a la situación. Son las imposibilidades que mantienen al sujeto en estado de alerta, y que sólo prueban su crisis y la de la razón.