El Mensajero

LXXX
CAREZZEVOLE

 

 Cuando arreglas mis ropas, cuando ordenas mis libros;
cuando me haces comer a la fuerza, tundiéndome:
«¿Bueno?, sólo por mí»; cuando – quinqué – te acercas,
mientras escribo, y pones tus palmas en mi frente;
cuando – frágil ovillo – te obstinas en mis brazos,
despeinando – peinando – mis cabellos rebeldes,
y mis áridos labios, respetuosa, humedeces,
mi corazón, iluso, trata de parecérsete.

 Cuando, imperiosa, usuras alcores ondulantes;
cuando te agitan vagas colmenas, cuando tejes
jardines diminutos, cuando te acunas; cuando,
con vanidad furtiva, tanteas la simiente;
cuando sonríes, trémula; cuando, tranquila, lloras,
taladrándote – pájaros – los latidos alegres;
cuando, en medio del campo, te duermes, campo muelle,
inútilmente el cielo trata de parecérsete.